Arte en el Tahantinsuyo

Arte en el Tahantinsuyo

El arte Incaico aunque muchas veces inspirado en lo mágico-religioso fue hijo de la artesanía. Fue arte porque buscó la belleza y lo logró con creces. Fue artesanía porque los artesanos fueron en sus orígenes sus escultores. El artista profesional no existió en el incario, ocupó su lugar en el Yachachic Runa o artesano prominente, el hombre que por la belleza de su obra la hacía merecedora de ser legada a la posteridad. Esto fue lo que pasó con los eximios arquitectos que dieron forma funcional a la materia pétrea, con los ceramistas, que aprovecharon la elasticidad del barro; y con los tejedores que alcanzaron telas de plumería cuando no de oro y plata.

Igual aconteció con los orfebres y plateros que lograron paisajes pastoriles y lacustres, también hombres y mujeres de tamaño natural; con los pintores, que robaron sus colores al arco iris; y con los actores teatrales, que hicieron reír o llorar; con los poetas, vedados de loar el futuro por cantar siempre el presente o el pasado; con los músicos, que arrancaron melodías a los cráneos de venado; y con los danzarines que con su mímica ceñida al ritmo quebraron la quietud del ande; también con os momificados que llegaron a ofrecer los cadáveres vivientes.

Eso fue el arte incaico, o un arte artesanal en el que a veces tomaban parte todos, fueran o no artesanos, pero del que, sin temor a equivocarse. Podemos asegurar que fue un arte único en el mundo.
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